Caminando de regreso a casa, después de un agotador día de trabajo, decidí darme unos minutos para admirar el arreglo navideño que le habían hecho a la plaza principal; pude observar miles de foquillos de colores rojos y amarillos brindarle a varias parejas un ambiente romántico, aunque un poco tétrico para mi gusto. Continué mi recorrido hasta llegar a la fuente céntrica, quité el guante de mi mano derecha y toqué el agua helada.
-Puede darte un resfriado- me dijo una voz que me resultaba familiar. Me estremecí de repente y totalmente paralizado por la emoción de esa voz volteé.
-¿T-tú?- dije mientras, cautivado, miraba fijamente sus ojos grandes y luminosos. La esperanza que me dio esa voz desapareció cuanto la miré por un tiempo- disculpe, me confundí.
-No se preocupe- respondió. El parecido que existía me hipnotizó y me hizo temblar- ¿no tiene frío, no desea un café? A mi me apetece bastante.
-No, no puedo, tengo que irme- tomé mi guante y lo coloqué en mi mano de manera inmediata. Me fui del lugar con la misma rapidez.
Nunca había pensado en tener una “cita”. Jamás. Pero esa noche sucedió de manera larga y no me dejó dormir la maldita incertidumbre.
Te amo aunque solo existas en mis sueños.